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Absentismo laboral: ¿Qué impide a una persona estar? 

Absentismo laboral: ¿Qué impide a una persona estar? 

«Cuidar a las personas también es cuidar la empresa. Descubre qué esconde el absentismo laboral y cómo construir una cultura que sostenga.»

Cada vez hay más personas que, en algún momento, dejan de poder sostener su día a día laboral. Y cuando eso sucede, no desaparece solo una persona de su puesto. Hay un equipo que reorganizar, plazos que reajustar, compañeros que absorben carga y una empresa que continúa funcionando con una pieza menos. 

El absentismo laboral se ha convertido en uno de los grandes problemas de nuestras empresas. Pero quizá, para empezar a abordarlo, tengamos que hacernos una pregunta diferente:  

¿Qué le pasa a alguien para que su cuerpo o su mente digan basta?, ¿de qué hablamos cuando hablamos de absentismo laboral? 

Las cifras obligan a tomárselo en serio.   

En 2025, alrededor de 1,4 millones de personas no acudieron a su puesto de trabajo ningún día del año según datos de la CEOE en su encuentro empresarial “Todos contamos. Absentismo x IT: un problema de país

Hablamos ya de una cuestión que afecta no solo a las empresas y su competitividad, sino también al sistema sanitario y al conjunto de la economía.  

Para una empresa, y especialmente para una pyme, detrás de esas cifras hay una realidad muy concreta: costes, dificultades para sustituir trabajadores, pérdida de productividad, proyectos que se retrasan y equipos que tienen que asumir una carga adicional.  

En Asturias tenemos, además, un problema diferencial. 

Un estudio del Grupo Adecco, recogido recientemente por La Nueva España, estima que el absentismo supuso un coste superior a los 1.312 millones de euros para la economía asturiana en 2025. La tasa de absentismo alcanzó el 8,9% de las horas pactadas, frente al 7,6% registrado en el conjunto de España. 

Una magnitud que permite entender hasta qué punto estamos ante un problema empresarial, económico y social de primer orden.  

Pero quedarnos únicamente en el número de bajas sería mirar solo la superficie. 

Detrás de cada ausencia hay una persona que, por algún motivo, ha dejado de poder estar. 

El cuerpo también habla. Resulta interesante detenerse en las causas. 

Cuando analizamos qué hay detrás de muchas incapacidades temporales aparece un dato interesante: las algias —lumbalgias, cervicalgias, dorsalgias y otros dolores musculoesqueléticos— tienen un peso especialmente importante en el absentismo. Y estas dolencias no siempre pueden entenderse atendiendo únicamente a su dimensión física. 

Dolor y salud mental mantienen, en muchos casos, una relación estrecha y bidireccional. Cuerpo y mente no funcionan como compartimentos estancos: el dolor puede afectar profundamente a nuestro estado psicológico y, a su vez, determinados factores psicológicos pueden influir en cómo percibimos, afrontamos y cronificamos ese dolor.  

Y no sólo eso, sabemos que aquellos malestares psicológicos que no se expresan o atienden se transforman en síntomas físicos, sin que haya causa orgánica aparente.

Incidiendo en la importancia de lo psicológico, los problemas de salud mental son ya la segunda causa de baja por incapacidad temporal en España. 

Dolor de espalda. Ansiedad. Depresión. Insomnio. Agotamiento 

Realidades que coexisten y nos invitan a ampliar la mirada. Porque hay situaciones que difícilmente pueden entenderse mirando exclusivamente una resonancia, un parte médico de baja o una descripción del puesto.

La ansiedad o la depresión no entienden de organigramas. Tampoco tienen una única causa. Lo personal, lo familiar, lo social y lo laboral confluyen y forman parte de ese puzzle más complejo de cómo estamos con nosotros mismos y con los demás. Precisamente por eso, abordar el problema únicamente cuando se produce una baja significa, muchas veces, llegar tarde. 

¿Qué impide a una persona estar?

La prevención de riesgos laborales nos ha enseñado durante décadas a identificar cargas, movimientos repetitivos, posturas, ruido o accidentes. Hoy necesitamos añadir nuevas preguntas. 

¿Cómo está esa persona? ¿Qué nivel de carga soporta? ¿Puede pedir ayuda cuando la necesita? ¿Tiene autonomía? ¿Existe conflicto en su equipo? ¿Lleva meses trabajando por encima de sus posibilidades? ¿Qué está ocurriendo también fuera de la empresa? 

Una empresa no puede resolver la vida de sus trabajadores, ni debe pretender hacerlo. Hay circunstancias familiares, personales, económicas y sociales que quedan fuera de su ámbito de actuación. 

Pero sí puede preguntarse qué está en su mano. 

Ahí aparece una idea especialmente interesante para quienes dirigen organizaciones: prevenir antes de tener que reparar. 

La baja casi nunca empieza el día de la baja. 

En los problemas de salud mental, muchas veces la empresa descubre lo que ocurre cuando recibe el parte médico. Pero la ansiedad, la depresión o el agotamiento no suelen aparecer de un día para otro. 

Antes puede haber señales

Cambios de comportamiento, irritabilidad, aislamiento, dificultades para concentrarse, errores que antes no se producían, pérdida de motivación o una caída inexplicable del rendimiento. 

Muchas veces son los propios compañeros quienes primero perciben que algo ha cambiado. Quienes comparten cada día conversaciones, reuniones, dificultades y horas de trabajo pueden advertir que alguien ya no se comporta como antes. A veces incluso conocen parte de las circunstancias personales o profesionales que está atravesando. 

No se trata de convertir a los compañeros en chivos expiatorios ni a los responsables de equipo en terapeutas. Tampoco corresponde a la empresa diagnosticar una depresión o determinar qué le ocurre a una persona. Pero entre diagnosticar y no hacer nada existe un espacio enorme. 

Quizá sí sea tarea de todos construir entornos en los que resulte posible preguntar “¿estás bien?”, escuchar la respuesta y disponer de canales para actuar cuando alguien necesita ayuda. 

Dar un espacio a lo psicológico dentro de las organizaciones puede marcar la diferencia: formar a quienes dirigen personas, favorecer conversaciones cuando aparecen dificultades, revisar determinadas dinámicas de trabajo, detectar sobrecargas o facilitar el acceso a profesionales de la salud son herramientas que ayudan. 

Porque la prevención empieza mucho antes de la consulta médica

Una cultura que sostenga

A Sigmund Freud se le atribuye una conocida respuesta cuando le preguntaron qué debería ser capaz de hacer una persona psicológicamente sana: “amar y trabajar”. La frase no aparece literalmente en sus escritos y su autoría ha sido discutida, aunque sí refleja una idea presente en su pensamiento: la importancia del trabajo y de los vínculos en una vida funcional.  

Más de un siglo después, merece la pena detenerse en esa idea. 

Trabajar no consiste únicamente en acudir físicamente durante ocho horas. Significa concentrarse, relacionarse, resolver problemas, tolerar frustraciones, asumir responsabilidades y disponer de competencias psicológicas suficientes para volver a hacerlo al día siguiente. 

Todas las empresas necesitan que sus empleados se hagan responsables sobre su desempeño y sus funciones. Sin productividad y resultados no hay empresa. 

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