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¿Regula o frena? El exceso normativo en economía circular 2026

¿Regula o frena? El exceso normativo en economía circular 2026

La economía circular ha ganado la batalla de las ideas. La industria está convencida, la sociedad también, y llevamos años integrando criterios de sostenibilidad en nuestros modelos de negocio así como en nuestra vida cotidiana. Sin embargo, hay una paradoja creciente que merece ser señalada: la regulación medioambiental, concebida para acelerar la transición, puede estar convirtiéndose en uno de sus mayores obstáculos.

Desde Naeco Group, empresa especializada en economía circular e integrada en el tejido industrial asturiano a través de FADE, llevamos años acompañando a empresas en esta transición. Y lo que observamos sobre el terreno nos lleva a plantear una reflexión incómoda pero necesaria.

No se trata de cuestionar el fondo —reducir impactos, cerrar ciclos de materiales, dejar un planeta mejor— sino de reflexionar sobre la forma. Y la forma importa mucho cuando hablamos de competitividad industrial.

¿Por qué la industria ya no necesita que la convenzan?

La transformación hacia modelos de economía circular ha sido, en buena medida, un éxito de concienciación colectiva. Hemos entendido que los residuos de unos son recursos para otros, que los productos deben diseñarse para ser deconstruidos al final de su vida útil, y que medir el impacto de nuestra actividad no es una carga, sino una ventaja competitiva.

Este cambio de mentalidad no ha llegado solo por mandato legal. Ha llegado porque tiene sentido: económico, estratégico y reputacional. El modelo lineal de usar y tirar es obsoleto, no solo éticamente, sino también desde el punto de vista del negocio. Quienes hemos interiorizado esto somos más resilientes, más atractivos para el talento y más competitivos en mercados que valoran la trazabilidad y la responsabilidad.

¿Qué ocurre cuando la regulación es excesiva o está mal orientada?

El problema no es que existan normas. El problema es cuando las normas proliferan con tal velocidad y complejidad que dedicamos más recursos a cumplir requisitos formales que a innovar en soluciones reales.

Un ejemplo reciente y significativo es la regulación sobre el uso de materiales reciclados en envases, especialmente en sectores como el del packaging. Las normativas que obligan a incorporar porcentajes mínimos de material reciclado en botellas y envases ponen el foco en el fabricante y en el insumo, no en el resultado ambiental final. Esto genera varias ineficiencias:

  • Mercados artificiales de materias primas recicladas, donde la demanda no surge de la eficiencia o de la demanda sino del cumplimiento normativo.
  • Distorsión de la cadena de valor, que penaliza a quienes no pueden acceder fácilmente al material reciclado de calidad suficiente.
  • Condicionamiento de la innovación, porque diseñamos soluciones para cumplir la norma, no para encontrar la mejor aplicación ambiental posible.

¿Dónde debería estar el verdadero foco?

La clave no está en obligar a que los residuos se usen de una forma concreta, sino en garantizar que estos encuentren su mejor aplicación posible. Y esa aplicación la encontrará el mercado, por si solo, si las condiciones son las adecuadas.

Cuando un residuo está bien gestionado, cuando hay infraestructura de recogida, clasificación y valorización, los materiales secundarios compiten por sus propios méritos. El mercado los asigna donde generan más valor, ya sea como materia prima para nuevos productos, como combustible de recuperación energética, o como input para sectores que hoy ni imaginamos.

Forzar destinos concretos para los residuos —aunque bien intencionado— puede cerrar puertas a soluciones más eficientes. La economía circular funciona mejor cuando actúa como un sistema abierto y adaptativo, no como un circuito cerrado impuesto por decreto.

Regulación inteligente: menos prescripción, más resultado

La pregunta que deberíamos hacerle al regulador no es “¿cuánto material reciclado debe contener este producto?” sino “¿qué nivel de impacto ambiental es aceptable para este producto a lo largo de todo su ciclo de vida?”

Ese enfoque —basado en análisis de ciclo de vida y en objetivos de resultado, no en prescripciones de proceso ni obligaciones de uso— es el que permite aunar sostenibilidad real con competitividad industrial. Podemos innovar, diferenciarnos y mejorar continuamente si se nos fija el destino pero no el camino.

Hemos demostrado que podemos asumir nuestra responsabilidad ambiental. Lo que necesitamos ahora no es más regulación, sino regulación mejor diseñada: que fije metas ambiciosas, que simplifique el cumplimiento, y que deje espacio para que la innovación y el mercado encuentren las soluciones más eficientes.

Ese es el único modelo que, a largo plazo, puede funcionar. Porque medio ambiente y competitividad no son objetivos opuestos. Son, bien gestionados, exactamente lo mismo.

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